Las bandas Latinas
26-12-2005 16:04:20
A partir de los años ochenta, la mancha de aceite provocada por la irrupción de pandillas latinas («maras» salvadoreñas y «ñetas» puertorriqueñas) se extiende vertiginosamente por Centroamérica. Confluyen en este fenómeno dos factores que iban a resultar fatalmente decisivos en su evolución criminal posterior. En primer lugar, por la penosa situación económica y social en la que se hallaban la mayoría de esos países centroamericanos. En segundo término, por el nuevo giro de la política de inmigración norteamericana, que optó por la deportación generalizada de todos los jóvenes salvadoreños implicados en actividades delictivas.
Si se analiza este fenómeno desde la perspectiva española, no hay duda alguna de que las diferencias que presenta esta criminalidad respecto de la actividad delictiva que desarrollan en España las bandas juveniles de origen hispano americano, afortunadamente, hoy por hoy, son enormes. Las maras centroamericanas se nutren de adolescentes nacidos y criados en esas sociedades. Jóvenes sin futuro a quienes la vida no les ofrece alternativas. Es el peor y el último de los recursos que podían elegir. Así lo evidencian las tres palabras que definen su ideario: «hospital, cárcel, cementerio», y el slogan que preside su existencia: «Vida loca».
La progresiva degeneración a la que ha llegado alguna clica centroamericana (pandilla marera) resulta estremecedora; así, un ejemplo paradigmático de este fenómeno es el de los denominados tapados, unos individuos que se tatúan todo el cuerpo y cara, y que sólo salen de noche para actuar. Según expertos policiales en la zona, la principal ocupación de los tapados es la búsqueda de enfrentamientos armados con otros pandilleros de la ciudad.
La cultura de la muerte está presente siempre en la actividad de las maras. Para cualquier marero que se precie su don más valioso lo constituyen las muescas que consigue por cada muerte que produce. A diferencia de los pistoleros del lejano oeste, las muescas de los mareros son lágrimas tatuadas en el rostro.
Posiblemente, la razón de ser de esta extrema violencia es la nula importancia que los mareros dan a sus propias vidas. Ellos son conscientes del riesgo que corren tanto si se integran en las maras como si pretenden mantenerse alejados de ellas, porque siempre van a tener que convivir con ellas. Ante esa terrible disyuntiva, el recurso que les queda es buscar la protección de una mara e integrarse en su vorágine asesina.
Los mareros consumen crak o basuco (derivados baratos de la cocaína); extorsionan a los vecinos y a los comerciantes, asesinan a sus familiares, a sus amigos, a sus rivales; se enfrentan abiertamente con la Policía; controlan las cárceles donde provocan motines que se saldan con decenas de muertos; a veces, incluso descuartizan y comen a sus víctimas.
Si se analiza este fenómeno desde la perspectiva española, no hay duda alguna de que las diferencias que presenta esta criminalidad respecto de la actividad delictiva que desarrollan en España las bandas juveniles de origen hispano americano, afortunadamente, hoy por hoy, son enormes. Las maras centroamericanas se nutren de adolescentes nacidos y criados en esas sociedades. Jóvenes sin futuro a quienes la vida no les ofrece alternativas. Es el peor y el último de los recursos que podían elegir. Así lo evidencian las tres palabras que definen su ideario: «hospital, cárcel, cementerio», y el slogan que preside su existencia: «Vida loca».
La progresiva degeneración a la que ha llegado alguna clica centroamericana (pandilla marera) resulta estremecedora; así, un ejemplo paradigmático de este fenómeno es el de los denominados tapados, unos individuos que se tatúan todo el cuerpo y cara, y que sólo salen de noche para actuar. Según expertos policiales en la zona, la principal ocupación de los tapados es la búsqueda de enfrentamientos armados con otros pandilleros de la ciudad.
La cultura de la muerte está presente siempre en la actividad de las maras. Para cualquier marero que se precie su don más valioso lo constituyen las muescas que consigue por cada muerte que produce. A diferencia de los pistoleros del lejano oeste, las muescas de los mareros son lágrimas tatuadas en el rostro.
Posiblemente, la razón de ser de esta extrema violencia es la nula importancia que los mareros dan a sus propias vidas. Ellos son conscientes del riesgo que corren tanto si se integran en las maras como si pretenden mantenerse alejados de ellas, porque siempre van a tener que convivir con ellas. Ante esa terrible disyuntiva, el recurso que les queda es buscar la protección de una mara e integrarse en su vorágine asesina.
Los mareros consumen crak o basuco (derivados baratos de la cocaína); extorsionan a los vecinos y a los comerciantes, asesinan a sus familiares, a sus amigos, a sus rivales; se enfrentan abiertamente con la Policía; controlan las cárceles donde provocan motines que se saldan con decenas de muertos; a veces, incluso descuartizan y comen a sus víctimas.
Categoría: actualidad 3 Comentario(s)
Comentarios
Hecho con
y los ñetas. tambien pueso de eso